El Cádiz en "The Guardian"
Éste es un extracto del artículo "Adiós, Cádiz" (*), publicado el pasado lunes en el periódico inglés The Guardian, traducido del inglés. Su tirada es de unos 350.000 ejemplares. El autor del texto es Sid Lowe, un periodista al que ese diario envió a España para seguir los pasos de David Beckham.
Traducción: Andrew Lawson y Eva Bocanegra
(*) En español en el original.
Los aficionados del Cádiz son los mejores de España: animan a los contrarios y cantan canciones como "¡Alcohol, alcohol, alcohol! ¡Hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual!". Es una pena que su equipo no sea bueno.
En España, algunos aficionados le cantan a su jugador favorito, a sus rivales o a sus creencias políticas, mientras que otros (la mayoría) no cantan nada. Vayan al Calderón y escucharán corear a Fernando Torres I can't take my eyes off of you (No puedo apartar mis ojos de ti). Vayan a Oviedo y lo que escucharán será sobre la nariz rota de Luis Enrique. Adéntrense en el Osasuna, el Athletic y el Celta y sabrán lo que realmente piensan de España. Y siéntense en el Bernabéu o en el Nou Camp, y la mayoría de las veces no escucharán nada en absoluto. Y luego están los aficionados del Cádiz, una raza especial con acento impenetrable y cerrado y sin dientes que cantan ebrios.
No importa el delantero Oli. Ni el entrenador, el maravillosamente llamado Víctor Espárrago. Y olvídense de Nenad Mirosavljevic -aunque los aficionados, confundidos con las 13 letras de su apellido, lo llamen Mortadelo, uno de los componentes de la pareja más torpe de los comics nacionales-. Ninguno de ellos importa, porque la canción más famosa del Cádiz dice así: "¡Alcohol, alcohol, alcohol! ¡Hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual!".
Lo que es una suerte. Porque los resultados del Cádiz no son su fuerte. Los décimonovenos en la tabla y a cuatro puntos de la salvación, después de haber ganado sólo seis veces en toda la temporada y haber marcado 21 goles: el Cádiz está en puestos de descenso. Una temporada solitaria después de haber vuelto a Primera (*) después de 10 años, nueve de los cuales los ha pasado en la Segunda División B -conocida como El Pozo, porque es muy fácil caer en ella y casi imposible salir-.
El Cádiz ha sido humillado en muy pocas ocasiones -ha perdido 4-0 sólo una vez y 3-0 el mismo número de veces-, y ha tenido muy mala suerte este año. Juega un fútbol decente, pero simplemente no marca suficientes goles. Ha marcado menos que cualquier otro de la primera división, cinco goles menos que el siguiente en la tabla. Oli, el héroe de la anterior temporada, sólo ha marcado uno. Y eso fue hace mucho tiempo ya, en septiembre. Y, mientras la llegada de Lucas Lobos trae esperanza, es difícil evitar el pensamiento de que el Cádiz no es lo suficientemente bueno como para sobrevivir.
Si el Cádiz baja al final, se le echará de menos. A nadie le cae mal, y eso sí que importa. Con sus camisetas amarillas brillantes, el Cádiz ha conseguido llenar el Ramón de Carranza durante cuatro años seguidos, a pesar de tener una población de sólo 120.000 personas. Por ese hombre disfrazado como Darth Vader, que animaba a comprar abonos cuando el estadio se amplió. Y por el jugador más famoso y el más amado, Mágico González, que era tan feliz fumando en la playa y tocando la guitarra que escapándose con pericia de los defensores. Él, cuentan los aficionados con orgullo, una vez se quedó dormido, se perdió el saque inicial, llegó en el segundo tiempo y le dio la vuelta a un 2-0 él solo.
Hay algo especial en Cádiz. No los jugadores -que no son nada especial-, sino los aficionados. El club. La ciudad. Éste es el hogar del carnaval más importante de España, y el Ramón de Carranza debe ser el único estadio en el que los aficionados llevan carteles que dicen "¡Árbitro, guapetón!" (*). El único que jalea a los contrarios, y que echa besos a David Beckham en lugar de lanzarle objetos cada vez que tira un córner. Mientras que muchos aficionados españoles son más convenidos, los del Cádiz son universalmente admirados -ruidosos, divertidos, siempre apoyando a su equipo y tajados, pero casi nunca, o nunca, se meten en líos-. Sus gritos de ¡olé! aunque estén siendo derrotados simplemente no provocan ninguna hostilidad, lo cual, viendo los resultados del último partido, es un error.
La noche del domingo fue otra prueba: aquello era el Cádiz clásico. Junto a carteles anti racismo se cantaron canciones autoengañosas: "¡Sí, sí, sí, esta vez lo vamos a conseguir!". El Cádiz sacó un 1-1, gracias a un dudoso penalti frente al Atlético de Madrid. Fue un resultado decente, pero no ayudó mucho. "El punto -, dijo Fernando Torres, no es bueno para nadie". Es verdad. Pero el punto no es la cuestión. La cuestión es que el Cádiz le dio al Atlético una lección. Al menos, fuera del campo
